Tolima: una tierra que tiembla, pero que no deja de tener esperanza

Hay lugares que uno lleva en el corazón porque allí nació, porque allí aprendió a caminar, porque sus paisajes forman parte de la memoria y porque, aun cuando la vida nos lleva por caminos difíciles, siempre existe una razón para regresar con el pensamiento a esa tierra que nos vio crecer.
Para mí, esa tierra es el Tolima. Mi Tolima. El departamento donde nací, donde está mi amada Ibagué y donde cada montaña, cada río, cada municipio y cada rostro de su gente forman parte de una historia que merece ser contada con orgullo, con respeto y con amor.
Hoy escribo estas palabras con el corazón un poco apretado. Durante las últimas semanas, nuestro departamento ha tenido que enfrentar una serie de acontecimientos que han generado preocupación, tristeza y angustia entre sus habitantes. Los incendios forestales, las condiciones de sequía, las afectaciones ocasionadas por los movimientos telúricos y, especialmente, la intensa actividad sísmica que se ha registrado en Chaparral, nos recuerdan lo vulnerable que puede ser la vida cuando la naturaleza nos pone a prueba.
Desde el 20 de septiembre, el municipio de Chaparral ha experimentado una actividad sísmica inusualmente intensa. El Servicio Geológico Colombiano informó que se habían registrado más de 130 sismos entre la madrugada del 20 y la tarde del 21 de septiembre. Para quienes viven allí y para quienes hemos sentido algunos de estos movimientos en otros municipios del departamento, no es difícil comprender la angustia que produce escuchar un ruido, sentir que la tierra se mueve y preguntarse qué puede ocurrir después.
No podemos desconocer ese miedo. No podemos pedirle a una madre que no se preocupe por sus hijos, a un adulto mayor que no sienta temor o a una familia que ha vivido experiencias difíciles que simplemente ignore lo que está sucediendo. La tranquilidad no se impone con palabras; se construye con información confiable, prevención, acompañamiento institucional y solidaridad.
Por eso, a nuestros hermanos de Chaparral, de Las Hermosas, de Rioblanco, de San Antonio, de Roncesvalles y de todos los municipios que han sentido estos movimientos, quiero decirles que sus preocupaciones importan. Que sus voces deben ser escuchadas. Que la gestión del riesgo, el monitoreo permanente y la atención oportuna de las autoridades son fundamentales para proteger a las comunidades.
Mantener la calma no significa desconocer el peligro ni actuar como si nada ocurriera. Significa informarnos a través de las fuentes oficiales, atender las recomendaciones de los organismos de socorro y prepararnos de la mejor manera posible. Nadie puede predecir con certeza cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí podemos fortalecer la prevención y el cuidado colectivo.
Y mientras pienso en esta situación, no puedo dejar de recordar que el Tolima ha enfrentado muchas otras dificultades a lo largo de su historia.
Nuestro departamento ha sufrido los efectos de la violencia, el conflicto armado, el desplazamiento y el abandono que, en distintos momentos, han afectado a tantas familias campesinas. La región de Marquetalia, en el sur del Tolima, ocupa un lugar importante en la historia del conflicto armado colombiano y en los orígenes de las FARC. Recordar esa historia no significa reducir al Tolima a la violencia, sino reconocer las heridas que han tenido que soportar sus habitantes y la necesidad de seguir construyendo paz, oportunidades y dignidad.
Porque el Tolima es mucho más que sus dificultades.
El Tolima es la tierra del arroz, de los cultivos que alimentan a Colombia, de los campesinos que trabajan desde antes de que salga el sol y de los ganaderos que sostienen con esfuerzo una parte importante de la economía regional. Es una tierra de producción agrícola, de tradiciones, de emprendimientos y de personas que, con sus manos y su perseverancia, mantienen vivo el campo.
Es también un territorio de riqueza ambiental y paisajística. ¿Cómo no hablar de Murillo, con sus montañas, sus paisajes de páramo y esa belleza natural que parece recordarnos que la creación tiene lugares verdaderamente extraordinarios? ¿Cómo no sentir orgullo por un departamento que reúne ecosistemas, climas y paisajes tan diversos, desde las tierras cálidas hasta las montañas de la cordillera Central?
Murillo es una muestra de esa belleza que debemos proteger. Sus paisajes no son solamente un atractivo turístico: son parte del patrimonio natural del Tolima y un llamado a cuidar nuestros páramos, nuestras fuentes de agua y los territorios que sostienen la vida.
Y qué decir de Ibagué, mi ciudad. La capital musical de Colombia, la ciudad que ha dado tanto a nuestra cultura y que lleva en sus calles, en sus tradiciones y en sus habitantes una identidad que nos llena de orgullo. El Tolima tiene una riqueza musical que merece ser reconocida y preservada, y nuestro querido Bunde Tolimense, con su historia y su significado cultural, representa una parte entrañable de esa identidad.
También debemos recordar la importancia histórica del departamento en la vida política y económica del país. El Tolima ha sido cuna de figuras como Manuel Murillo Toro y José María Melo, presidentes de Colombia nacidos en Chaparral, y ha participado en procesos que han marcado la historia nacional. Su ubicación geográfica, su conexión con diferentes regiones y su actividad productiva lo convierten en un territorio fundamental para el desarrollo de Colombia.
Durante décadas, la industria textil y la confección hicieron parte de la identidad productiva de Ibagué y del Tolima. Muchas familias encontraron en esta actividad una fuente de empleo y de sustento. Aunque el sector ha enfrentado transformaciones y dificultades, su legado forma parte de la memoria económica de nuestra región y de la capacidad de sus trabajadores para salir adelante.
No podemos olvidar tampoco el potencial de nuestro departamento en materia de turismo, agricultura, ganadería, comercio, producción de alimentos, y fútbol a través de nuestro querido Deportes Tolima.
El Tolima tiene recursos, talento humano, paisajes y una ubicación que pueden contribuir a su desarrollo. Pero para que ese potencial se convierta en oportunidades reales, se necesitan inversiones, infraestructura, educación, apoyo al campo y políticas que atiendan las necesidades de sus comunidades.
Amar al Tolima también significa reconocer lo que todavía nos hace falta.
Significa hablar de los campesinos que necesitan apoyo cuando el clima destruye sus cultivos, de las familias que pierden sus medios de subsistencia en los incendios, de las comunidades rurales que requieren vías adecuadas, atención en salud y acceso a oportunidades. Significa entender que la grandeza de un departamento no se mide únicamente por sus paisajes o por sus cifras económicas, sino por la manera en que protege y dignifica a su gente.
En las últimas semanas, los incendios forestales han dejado una huella dolorosa en nuestro territorio. Cortolima reportó en agosto afectaciones en más de 22.000 hectáreas de cobertura vegetal en 28 municipios. Detrás de cada hectárea afectada hay un ecosistema, una fuente de vida, un hábitat y, en algunos casos, comunidades que ven amenazados sus recursos y su tranquilidad.
El fuego y la sequía nos recuerdan que el cuidado del medioambiente no puede ser un asunto secundario. Necesitamos fortalecer la prevención, la educación ambiental, la respuesta de los organismos de socorro y la protección de nuestros recursos naturales. No podemos esperar a que la tragedia ocurra para preguntarnos qué pudimos haber hecho antes.
Sin embargo, en medio de todas estas circunstancias, también he visto algo que merece ser reconocido: la solidaridad de la gente.
Los bomberos, los organismos de socorro, los voluntarios, los campesinos, las autoridades locales y tantas personas que trabajan para ayudar en momentos de emergencia nos muestran que el Tolima no está compuesto únicamente por problemas. Está compuesto por seres humanos que se acompañan, que extienden una mano y que, aun cuando también tienen miedo, buscan la manera de ayudar a los demás.
Esa solidaridad es una de nuestras mayores fortalezas.
Hoy quiero hacer un llamado a no permitir que la angustia nos quite la capacidad de reconocernos como comunidad. Necesitamos información clara, autoridades presentes, instituciones que respondan y ciudadanos que actúen con responsabilidad. Necesitamos que las emergencias ambientales y los riesgos naturales reciban la atención que merecen, no solamente cuando ocupan los titulares de los medios de comunicación, sino también durante el largo proceso de recuperación y prevención.
A mis paisanos tolimenses, especialmente a quienes están viviendo estos días con temor, quiero enviarles un abrazo lleno de esperanza.
No tengo una fórmula para eliminar la incertidumbre. No puedo prometer que no volveremos a enfrentar dificultades, porque la historia nos ha enseñado que ningún territorio está libre de ellas. Pero sí creo que podemos mirarnos con solidaridad, fortalecer nuestros lazos y recordar que la prevención, la unión y el acompañamiento pueden marcar una diferencia enorme en los momentos difíciles.
Que no se nos olvide la belleza de nuestra tierra, incluso cuando el dolor ocupe nuestros pensamientos.
Que no dejemos de cuidar nuestros ríos, nuestros bosques, nuestros páramos, nuestros cultivos y nuestros animales.
Que no abandonemos a nuestros campesinos ni a las familias que necesitan apoyo.
Que no permitamos que la historia de violencia opaque la historia de trabajo, cultura, música y resistencia que también nos define.
El Tolima merece ser mirado con atención, con respeto y con oportunidades. Merece que sus necesidades sean escuchadas, que sus riquezas naturales sean protegidas y que sus habitantes puedan construir un futuro con mayor tranquilidad y dignidad.
Desde mi amada Ibagué, como mujer tolimense y como alguien que siente profundamente el dolor de su gente, elevo una oración por las familias que están atravesando estas circunstancias. Pido a Dios que nos conceda sabiduría, fortaleza y solidaridad; que acompañe a quienes tienen miedo y que nos ayude a actuar con responsabilidad frente a cada emergencia.
Y a mi Tolima querido, esa tierra de montañas, arrozales, música, trabajo y memoria, le digo algo que nace de lo más profundo de mi corazón:
Que las dificultades no nos hagan olvidar quiénes somos. Que el miedo no nos robe la esperanza. Y que, aun cuando la tierra tiemble, sepamos mantenernos unidos para cuidar la vida, defender nuestra tierra y seguir construyendo un departamento del que podamos sentirnos orgullosos.
Porque el Tolima no es solamente el lugar donde nacimos.
Para muchos de nosotros, el Tolima es hogar, es memoria, es identidad y es amor.
Y una tierra que se ama también se cuida, se defiende y se acompaña en los momentos difíciles.
Seguimos orando por la lluvia en esta inmensa sequía.
¡Que viva el Tolima, y el Vinotinto y Oro!




