Historias

Amor a través del tiempo

Paola Andrea Machado Acosta

Pamaco

25 de enero de 1999 el reloj marcó la 1:19PM, el suelo se estremeció, un terremoto de 6.1 grados en la escala de Richter sacudió la ciudad de Armenia y conmovió a toda Colombia por la magnitud del desastre.

Ella con 8 meses de embarazo y a casi 100 kilómetros de distancia sufre un ataque de nervios debido a la sacudida del suelo que también se sintió muy fuerte en la ciudad de Ibagué, impotente, sin saber qué hacer, correr o esperar a que pasará el movimiento de la tierra que duró 28 segundos, pues el riesgo al salir de su casa podría ser mayor, su avanzado embarazo no le permitía moverse mucho, así que tuvo que esperar sola a que la tierra se calmara.

Después del evento no volvió a tener paz, dormía poco y estaba en constante alerta por las réplicas que continuaron casi por una semana, lo que temía sucedió, el parto que se esperaba de mediados a finales de febrero se presentó sin avisar el jueves 4 de febrero, la criatura no aguanto más de 10 días el estrés y la ansiedad que su progenitora tenía, así que salió, nació, a pesar de lo adelantado fue un parto normal y la bebé no presentó ningún problema.

Después de esto todo fue alegría en la familia, recibir a la nueva integrante que fue bautizada con el nombre de Luisa María fue la sensación, sus hermanos de 19 y 15 años la recibieron con amor al igual que sus padres, mientras la novedad de la niña distraía a la familia, el dolor y el drama se apoderaba de la ciudad de Armenia, se contaban los fallecidos por cientos y después por miles, familias enteras perdidas, el 75% de la ciudad destruida, un dolor para toda la nación, muchos migraron a otros Departamentos por el temor a volverse a establecer y pensar que podría volver a suceder un terremoto igual, otros lo hicieron porque quedaron solos, sin motivos emocionales ni materiales, se quedaron sin razones para quedarse, decidieron comenzar de cero en otra región, algunos con suerte otros sin mucha, llegando a padecer hambre e incluso llegar a vivir en la calle.

La corta infancia de Luisa María en Ibagué fue maravillosa, entre juegos, risas, historias que recordar, pero la felicidad no duró mucho para los padres de la pequeña, por aquellos problemas que los adultos tienen y los niños no entienden fue arrancada de su hogar, un día su mamá se la llevó, ella migró por escapar de la relación, quiso alejarse de él, de su familia, de su casa y de todo lo que hasta ese momento tenía como vida.

Fue un momento difícil de afrontar para la familia que quedó, el dolor por el vacío que dejó la niña y peor aún desconocer el paradero de las dos, ni un mensaje, ni una llamada, ni una razón dejada con alguien, pasaron los días, sufrieron, pero como todo, con el paso del tiempo disminuía el dolor, pero no por eso dejaban de recordarla o extrañarla en fechas importantes, ahora los integrantes de la familia llevaban su dolor en silencio y reprochaban al padre de la niña por abstenerse de emprender una acción legal para que las autoridades siguieran el rastro de las dos, él al igual que ella tenía sus razones para no emprender acciones que pudieran llevarlos a problemas jurídicos.

Pasados tres años y ante la insistencia de la hermana mayor de Luisa quien por cosas del destino se encontró con el tío de la pequeña en la misma empresa en la que llevaba laborando varios años logró conocer una parte de la historia.

Luisa María y su madre desde el día que abandonaron la casa, se fueron para Venezuela, sí, allí vivían desde su partida, se conoció que la niña ingresó al país con papeles falsos, con un nombre diferente y una fecha de nacimiento cambiada para que coincidiera con un registro de nacimiento de un Hospital cualquiera y así obtener documentos legales.

Finalmente, después de los constantes mensajes que enviaba la familia a la niña y a la madre a través del hermano, la mamá de Luisa decidió llamar, aunque fue la pequeña la que habló ya con 6 años, esa llamada jamás la olvidaran los miembros de la familia, fue como volver a vivir su nacimiento, solo que ahora no pasaron un poco menos de nueve meses sino 3 años, esa voz infantil que no conocían y que al hablarles les devolvió la esperanza de algún día volver a tenerla cerca para abrazarla, les iba preguntando a cada uno como estaban e indagaba sobre su trabajo y colegio, tenía claro los recuerdos como si solo hubiera pasado una semana desde que los dejó, ella no tuvo opción de resistirse o de opinar, nadie le preguntó si quería irse o al menos dejarla despedirse de los suyos, ese día migraron dos personas, una huyendo de la vida, la otra no tuvo opción, como no la tuvieron algunos cuyabros que lo perdieron todo con el terremoto, hasta las ganas de seguir viviendo.

Hoy Luisa María continua viviendo en Venezuela a pesar de la crisis que atraviesa el país, volvió de visita a sus 7 años y en adelante visita cada año o cada dos a su familia, pero el contacto telefónico hizo que el fuerte lazo que aún sin contacto tenía con su familia continué hasta hoy firme, fuerte y porque no decirlo, indestructible.

Escucharla hablar es toda una fiesta, impregna alegría, irradia amor, no es muy alta, mide escasos 1,53 centímetros, tiene unos ojos color marrón que alegran con su luz a cualquiera que pase por su camino, estudia en la Universidad, se encuentra en octavo semestre de Idiomas Modernos mención empresarial, es brillante, imparte clase de idiomas a niños, quisiera vivir en Colombia pero no lo hace porque no piensa dejar a su mamá, no la juzga por las decisiones que tomo sobre su futuro sin consultarle, por el contrario la ama y admira la tenacidad que ha tenido para sacarla adelante.

Es curioso ver desde hace un par de años como las noticias, las calles y los restaurantes se van llenando de Venezolanos y nos solidarizamos con ellos por las precarias condiciones de vida que tienen al llegar a un país que desconocen, del cual solo sabían el nombre antes de pisarlo, pero que a pesar de esto han sido recibidos con aprecio y apoyo para cubrir sus necesidades básicas y del otro lado, del lado Venezolano tenemos a muchas mujeres como Luisa María y su mamá que por distintas razones tomaron la decisión de migrar y en otros casos no tuvieron opción, pero a su vez, se identifica como a pesar del paso del tiempo, de separarse físicamente de las personas, de la región en la que se nace, de la comida, del lenguaje, de costumbres y de poco a poco adaptarse a otras condiciones de vida totalmente diferentes, no se pierde el recuerdo, el amor, la conexión con las personas que hacen parte de la vida de quienes se van y que pocas veces tiene la oportunidad de volver.

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