Así como en Colombia como en el paraíso

Sobre las diez treinta de la noche, don Manuel Enrique Pérez Urrutia, de los Pérez Urrutia de cualquier lugar de Bogotá Colombia; Contador Público egresado de la Universidad del Norte de su país natal y trabajador en limpieza en su nuevo país, crítico acérrimo del sistema de salud de Colombia y quien, pese a sus cuarenta y tantos años nunca se había enfermando de gravedad, entró por urgencias a un hospital público de este lugar al que todos llaman el paraíso.
Don Manuel tenía un fuerte dolor de espalda a causa del trabajo físico que desarrollaba a diario, no tanto por gusto, no tanto por no tener las capacidades de ejercer su carrera en el país extranjero, sino más bien porque las políticas y las barreras del idioma así lo habían dispuesto.
Lo acompañaba su mujer en medio de una preocupación colosal ya que era él quien llevaba el sagrado alimento a la casa, además de encargarse de los gasticos varios que se suelen tener en la sociedad de consumo extranjera.
El dolor del pobre hombre era tan fuerte que apenas si podía caminar. Bajaron del vehículo y su señora corrió a buscar una silla de ruedas para poderlo ingresar al lugar. Una vez en la recepción, la esposa de don Manuel, que tenía más tiempo para dedicarse a lo que se conoce como Francización, que es la formación en francés que recibe la gente que llega por las tierras en donde se habla francés, logró hacerse entender para que los dejaran ingresar.
Ambos sabían muy bien que las urgencias en Colombia eran una cosa demencial, bueno, al menos eso creían; ambos criticaban el sistema de salud de su país y ambos, estaban convencidos de que en el paraíso la atención y el tiempo de espera era cosa de unos cuantos minutos.
Sin embargo, una vez le tomaron los datos a don Manuel, comenzó el verdadero suplicio. Sí, por increíble que parezca el sistema de urgencias en el país del norte no es que sea muy alentador que digamos, sobre todo, porque aquí sí que se toman en serio eso de las urgencias, me explico:
Si en Colombia se escucha decir que tiene que ir uno en las últimas para que lo atiendan, en este país de las mil maravillas, literalmente uno tiene que llegar con la lengua afuera y los signos vitales por debajo de lo establecido para recibir una atención inmediata. Lo que quiere decir que aquí no comen de cólicos, dolor de espalda, dolor de cabeza, un gas atravesado o un guayabo de esos que deja el aguardiente o cualquier otro licor.
El tiempo comenzó a correr y sobre las dos de la mañana llegó una mujer gritando de dolor. Don Manuel y su esposa quedaron de una sola pieza. Los gritos de la mujer eran realmente aterradores, se retorcía, vociferaba y aunque no lo crean, no le prestaban el servicio.
El asunto era tan colombianesco que don Manuel y su mujer comenzaron a sudar frío: ¿Qué carajos estaba pasado? ¿Por qué no la atendían? Don Manuel comenzó a sentir que ya no le dolía tanto la espalda; se sentía incómodo, desesperado, ya no quería estar ahí; de hecho, no sabía por qué estaba en ese lugar.
Casi dos horas estuvo la mujer gritando en la sala de espera hasta que las mismas personas que aguardaban su turno se revotaron, sí, así como solemos ver en nuestro país y ante la mirada atónita del personal de seguridad y las enfermeras que no sabían qué hacer, los enfermos comenzaron a levantarse uno a uno y a lanzar arengas en todos los idiomas para que atendieran a esa mujer que no paraba de gritar.
A eso de las cinco de la mañana y luego de que se llevaran a la mujer de los gritos de espanto, don Manuel y su esposa decidieron que, como en Colombia, lo mejor era pagar una atención privada y recordaron que el sistema de salud colombiano, pues no es tan malito después de todo, porque, malo o bueno, uno va a urgencias y lo atienden; lo triste es que se roban la salud, el paseo millonario, las empresas fraudulentas que negocian con los medicamentos y todas esas cositas varias que corrompen el sistema, pero, que no es tan perverso como muchos creen que es y pese a todas esas cosas dañinas, no es tan ineficiente, tiene sus casos por supuesto, pero es bien sabido que, incluso, muchas personas en Colombia se dedican a coleccionar medicamentos mientras que aquí todo cuesta, justo tal vez, pero no es tan maravillosito después de todo.
Como sea, don Manuel y su esposa regresaron a su casa sin ser atendidos, seguros y convencidos que mientras puedan no volverán nunca a unas urgencias porque a la final, así como en Colombia como el paraíso, la cosa es más parecida de lo que muchos pueden creer.




