Buscando la luz

Las cifras son desoladoras, el temor peor que la enfermedad. No obstante, contrariando la Ley natural de los desastres, podemos encontrar cosas positivas… ¡Cuando una puerta se cierra mil ventanas se abren!
Nos dicen las letras… ¿Por qué a la gente buena le pasa lo malo? Pero ¿Qué tan buenos seres somos? Seguramente usted y yo nos hemos hecho este tipo de preguntas por estos días.
Este enemigo invisible, que nos ha invadido por meses y recorre el mundo entero, nos invita a cerrar los ojos y no precisamente para morir sino para amar. Si, amar, sin ese contacto físico que era imprescindible. Hoy por hoy, en el amor cobra importancia las aplicaciones de citas y el sexting pues las caricias y los besos se tornan peligrosos… Es allí donde se hace real el miedo a amar; la cercanía la dejamos y evitamos abrazarnos. Los likes y las fotos inspiran. La piel no es tan necesaria por estos días, pues lo importante es protegerme y protegerte… ¡De una señal del amor egoísta pasamos al amor responsable! donde las miradas, los gestos y la interacción valen más que el desenfrenado deseo que en ocasiones llamábamos amor y era algo pasajero vestido de sentimiento.
Hablando de amor, ¿Cuándo imaginamos celebrar Semana Santa a puerta cerrada? Las películas religiosas se tornaron nuevamente atractivas, los momentos bíblicos vienen a nuestra mente y nos quebrantan. Se aclama y se ama, se torna indispensable dar la mano a quien lo requiere, se ayuda en silencio. Sentimos la necesidad de renovar la fe y ocupar nuestro corazón con Dios, el Dios de Amor. Unos ven el castigo de Dios y piden un milagro como cuando el agua se convirtió en vino o se le devuelve la vista a un hombre nacido ciego. Mientras otros lo vemos como la oportunidad necesaria que nos da de cambiar… Lo que seguramente compartimos es que se trata de un amor íntimo que sobrepasa lo terrenal y nos da esa paz tan perseguida que tenemos tan cerca y nos impedíamos ver.
En cuanto al día a día, detenemos las manecillas del reloj de una rutina acelerada, estamos en casa, con la ocasión de frenar esa inclemente lista de compromisos que nos aleja de lo importante: los hijos, saber de ellos, recordar sus hobbies, atendiendo sus necesidades diarias y evitando amarlos con el tacto pero cantando ese verbo con cada movimiento. Esa oportunidad de familia que nos negamos y hoy disfrutamos… Leer, escribir, escuchar música, componer, aprender a cocinar pero sobretodo gozar de ese tiempo que hace muchos días lo ocupaba el estrés y lo compraba el consumismo.
Por otro lado, la madre Tierra respira. Trasciende el amor a la naturaleza, a los animales. El planeta es conquistado por delfines, jabalíes, osos, zorros, aves silvestres y familias enteras de patos.
Ese asfalto ocupado por millares de personas hoy lo ocupan los animales. Las aguas tranquilas, de su color natural, visitadas por sus verdaderos dueños…Ya no están en cautiverio, las jaulas y encierros las ocupamos y vivimos nosotros… Los papeles se invirtieron.
Ahora bien, recuerdan la frase «¿Usted no sabe quién soy yo?» Estudiar ocho semestres en la San Marino dejó de ser orgullo. Tanto título para colgar, horas de estudios y especializaciones que marcaban diferencias, pasaron a un segundo plano. ¿Quién lo iba a creer? Después de haber subestimado tantos oficios, hoy dejamos de ser necesarios y dependemos de personas que no sólo llevan una bata blanca… también de uniformados, quienes procuran la seguridad, la limpieza y otros tantos que veíamos pero no eran observados, los aplaudimos llamándolos héroes sin capa, con antifaz de tela y vestidos de miedo e incertidumbre…si, a los que veíamos por debajo del hombro, poco o nada necesarios y hoy admiramos, clamamos auxilio.
Lo anterior, para llegar a la conclusión que detrás de cada contagio, de cada fallecido, de alguien necesitado de comida, hay una historia, un rostro, una persona que como nosotros tienen dignidad, ese derecho fundamental que muchas veces no reconocemos pero que esta crisis desde la perspectiva positiva nos permite retomar y dar el valor que corresponde a la humanidad, a nuestra madre tierra y por supuesto a las multifacéticas formas de amar.




