El Laboratorio Político que Mató a Miguel

“A ese muchacho lo cogieron de conejillo de indias”, dijo una señora con la que estaba sentada en una mesa, al día siguiente de la muerte de Miguel Uribe.
“Yo estoy de acuerdo”, comenté.
“¿Quién lo cogió de conejillo de indias?”, me preguntó otro señor en la mesa.
Nunca seguí de cerca la carrera política de Miguel; sabía de su existencia, claro: el hijo de Diana Turbay, asesinada en el fallido rescate de su secuestro. Pero no sabía que Miguel había empezado su vida política en el Partido Liberal, el mismo de su abuelo materno, Julio César Turbay, expresidente de la República. Apenas lo reconocí cuando militaba en el Centro Democrático, el partido liderado por el expresidente Álvaro Uribe, quien en la actual carrera presidencial parecía haberlo escogido como su ungido. De la misma manera que en 2018 escogió a Iván Duque, quien, a la postre, se convirtió en presidente de Colombia.
Por motivos de la negociación del Estado colombiano con la guerrilla de las FARC, el país empezó a vivir una de las polarizaciones más profundas desde la época de La Violencia. Solo que, en lugar de estar enfrentados conservadores y liberales, lo estaban quienes apoyaban las negociaciones —lideradas por el entonces presidente Juan Manuel Santos— y quienes estaban en contra de ellas —liderados por el expresidente Álvaro Uribe, otrora aliado político de Santos—.
Esa polarización, promovida por diversos líderes políticos y campañas mediáticas, no ha hecho más que exacerbarse desde entonces: durante el gobierno de Iván Duque, sucesor de Santos, y durante el actual mandato de Gustavo Petro, el primer candidato de izquierda y exguerrillero en llegar a la presidencia.
La primera vez que escuché a Miguel con detenimiento fue en su discurso del 20 de julio del año pasado, durante la instalación del Congreso de la República. Lo primero que noté fue a un político de apariencia muy joven; con muy poca barba y una mirada tierna, Miguel Uribe no aparentaba la edad que tenía. En su discurso repitió varias de las frases que solía pronunciar Álvaro Uribe, como aquello de que había que “trabajar, trabajar y trabajar” para sacar al país adelante. Confieso que no pude creer nada de lo que dijo el joven Miguel. Me dio la impresión de que estaba recitando de memoria un texto preparado por sus estrategas y asesores, no un discurso que le naciera del corazón. Me decepcionó no poder escuchar sus causas e ideas verdaderas. Aun así, a partir de ese momento lo seguí escuchando con atención.
En la mayoría de sus intervenciones me dejó la misma impresión. Por eso, cuando lo vi en un evento de campaña muy parecido a los que se acostumbran en Estados Unidos —en un ruedo, con el candidato frente a decenas de pancartas—, no pude más que pensar que se trataba de un acto completamente fabricado. No podía creer que todos esos asistentes estuvieran allí porque conocían su trayectoria, sus causas o sus ideas. Sentí mucha frustración por la democracia.
La última vez que lo vi en público fue en un foro sobre seguridad. De nuevo, sus ideas no me parecieron sinceras. Quizás ya tenía un sesgo por mis experiencias anteriores. Pocos días después ocurrió el atentado. Cuando lo supe, no me cabía en la cabeza que, por aquello que a mí no me convencía que él representara, alguien hubiera querido matarlo. Era como un chiste de mal gusto. Sentí indignación al pensar que, por unos discursos confeccionados por estrategas y por intereses políticos, la vida de Miguel se hubiera puesto en peligro.
A eso me refería cuando, ante el comentario de que a Miguel lo habían cogido de conejillo de indias, dije que yo pensaba lo mismo.
Miguel murió dos meses después del atentado, a pesar de la esperanza de muchos de que se recuperara. El joven cuerpo de Miguel ahora yace bajo tierra, como tantos otros cuerpos de jóvenes colombianos. El drama, los insultos y los enfrentamientos de campaña entre los políticos se ven como una tragicomedia frente a la tumba de Miguel. Me pregunto si ellos se dan cuenta.
En todo caso, espero que no nos sigamos prestando para el laboratorio político en el que mataron a Miguel. Un joven cuya mirada tierna ahora reconozco en su gusto por la música y las canciones que componía, y que antes nunca pude conocer.



