El tono

Charlie Kirk hablaba ante más de 3 mil personas, en un patio exterior de la Universidad del Valle de Utah, cuando recibió un certero y mortal disparo. En ese instante, paradójicamente, respondía preguntas sobre la violencia en Estados Unidos con armas de fuego. Eran las 12:20 del mediodía en Salt Lake City, una ciudad conservadora de la región montañosa del oeste del país.
Su asesinato acaparó los titulares de los medios de comunicación. No solo era el ataque a un hombre joven, de apenas 31 años, sino también a un activista político conservador que, con su discurso, se había convertido en una prominente figura del movimiento MAGA (Make America Great Again) y muy cercano al presidente Donald Trump.
Su muerte debería preocuparnos a todos, no solo a quienes vivimos en el gigante norteamericano. Bien dicen por ahí que “cuando Estados Unidos estornuda, el resto del mundo se resfría”. No por nada es la primera potencia económica y militar del planeta. El asesinato de Kirk no se puede ver como un incidente aislado: es mucho más. Es el más reciente episodio de una serie de hechos que demuestran que en Estados Unidos —y el mundo entero— estamos viviendo una época peligrosa, llena de momentos de violencia política que no solo ponen en riesgo la estabilidad de la democracia, sino que llevan también a la radicalización de los discursos de los dos extremos, como nunca hemos visto. Las posiciones entre liberales y conservadores parecen estar más distantes que nunca y sin un camino claro que les permita encontrarse en algún punto.
A mediados de junio pasado, una senadora estatal de Minnesota y su esposo fueron asesinados a tiros en su casa en el norte de Minneapolis. Otro senador fue baleado por el mismo atacante ese mismo día. Dos meses antes, en abril, un hombre incendió de forma premeditada la residencia oficial del gobernador demócrata de Pennsylvania, Josh Shapiro. En la casa estaban el funcionario, su esposa, sus cuatro hijos y algunos invitados que fueron evacuados de emergencia. Todos salieron ilesos. El individuo aseguró, tras ser capturado, que lo hizo por odio. Otro hecho difícil de olvidar es la imagen del entonces candidato a la presidencia Donald Trump con su camisa ensangrentada después de ser rozado por una bala de un francotirador que buscaba acabar con su vida.
Víctimas demócratas y republicanas atacadas en medio de una ola de discursos polarizantes que incentivan la rabia y el odio colectivos, como forma de acaparar la fidelidad, el interés mediático y los votos en momentos de elecciones. Y en medio de esta barbarie, una sociedad atrapada entre creencias absolutistas y fundamentalistas que con seguridad no nos llevarán a ningún lado. O sí, al fondo del abismo.
Estas líneas no buscan señalar responsabilidades. No quiero caer en esa tentación que tanto daño hace. Es una invitación a la reflexión para desescalar la narrativa que nos consume a diario y que se refleja en nuestra cotidianidad.
No hay que ir muy lejos, basta buscar en las redes sociales de los últimos días para descubrir cómo la discusión política ha aumentado varios decibeles —sí, otra vez las redes sociales, pero es que están en nuestra vida diaria—. Tampoco se puede mirar hacia una sola de las partes en una discusión de la que nadie se salva. Es una realidad: hay que hablar de lo que sucede, de las causas, de los contextos, de los protagonistas, pero sin estigmatizaciones. Lo que no debería suceder, y mucho menos repetirse, es el tono que estamos escuchando. Términos denigrantes y palabras descalificadoras para opinar sobre el pensamiento del otro.
En el caso de Kirk, como en todos los anteriores, rápidamente llovieron teorías sobre las razones que habrían llevado a que alguien le quitara la vida en medio de una manifestación política. Argumentaron, con palabras de grueso calibre, que Kirk se lo había buscado con su acérrima defensa de las teorías que esgrimía en los eventos en los que participaba. No podemos desconocer que esas teorías lo catapultaron en la derecha estadounidense y lo hicieron muy popular entre millones de personas que piensan igual. Eso no es un secreto.
Y me pregunto: ¿hay derecho de matar a un ser humano por su forma de pensar? No, no y no. ¡Un rotundo no! Esta intolerancia hacia los demás y hacia sus pensamientos nos ha costado millones y millones de vidas a lo largo de la historia. Y no aprendemos.
Algunos dirán que no están de acuerdo con lo que Kirk decía y defendía con vehemencia. Y tienen derecho a pensarlo. Yo tampoco comparto mucho de lo que él defendía. Pero lo cierto, sin discusión alguna, es que tenía total derecho a decirlo. En Estados Unidos, como en las democracias occidentales, existe la libertad de expresar, difundir y publicar los pensamientos e ideas, sin miedo a represalias, ataques y asesinatos como el sucedido con Charlie Kirk y muchos otros.
Hemos llegado a un punto, casi de no retorno, en el que pensar diferente hace enemigo a cualquiera y le puede costar la vida. El debate de ideas debería ser con respeto y serenidad. Pero sobre todo con argumentos: estos son más efectivos que las balas y con seguridad traen cambios necesarios. Por décadas, diversas luchas han traído grandes conquistas para las democracias. Es hora de defender esos cambios y evitar que unos pocos violentos nos regresen a épocas en las que unos pocos, con el poder del miedo, las armas y el dinero, dominaban y subyugaban a las mayorías. El tono del debate es el que nos garantizará una sociedad libre y pensante, donde lo único que nos impongan sea la fuerza de las ideas, especialmente cuando gracias al razonamiento aceptamos estar de acuerdo con ellas.



