Opinión

Y el almuerzo qué

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Dicen que “como fue el desayuno se sabe cómo será el almuerzo”. Un refrán popular que se aplica a muchas facetas humanas, incluida la política. Pero, en el caso del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, esta premisa es difícil de aplicar. Con él, hemos tenido dos desayunos.

El primero fue cuando ganó la primera vuelta. Desde una barcaza tipo planchón sobre el río Magdalena, frente al Malecón de Barranquilla, donde lo escuchaban miles de seguidores, Abelardo de la Espriella ofreció un discurso cargado de odio. Se veía soberbio, retador, guerrerista, despectivo. Una copia caribeña de Javier Milei, el derechista presidente de Argentina. Esa noche desató la polémica por llevar la camiseta de la Selección Colombia, la cual creo que tenía derecho a usar. Esa camiseta es de todos y para todos. No era el primero ni será el último en ponérsela con fines políticos. Todos buscan lo mismo: enviar un mensaje de unidad que a pocos se les cree. Y esa noche él estuvo lejos de hablar de unidad.

Semanas más tarde, al ser elegido presidente, De la Espriella ofreció un desayuno muy diferente al primero. Tras un apretado triunfo —apenas 274.521 votos más que Iván Cepeda—, el ahora presidente electo asumió una postura que, confieso, me tiene gratamente sorprendido. Juró proteger y honrar la Constitución de 1991. Aseguró que gobernará “para todos los colombianos”, los que votaron por él y los que no. Dijo que será el presidente de todos los colombianos mientras afirmaba que en una jornada electoral no hay “vencedores ni vencidos, no habrá retaliaciones, no habrá persecuciones, porque en democracia no existen enemigos irreconciliables, existen compatriotas que piensan diferente”. Incluso, invitó a Iván Cepeda a liderar la oposición con respeto a las leyes y le reconoció el cargo de senador, que obtiene al quedar segundo en la elección presidencial.

El cambio de tono y de postura fue abismal. Y lo siguió implementando en los días posteriores, en las entrevistas que ofreció y en las reuniones públicas que sostuvo. Desde hace mucho tiempo no soy de creer en promesas de políticos, así estén comenzando en ese campo, como es el caso del presidente Abelardo de la Espriella. Prefiero esperar resultados, respetando la decisión popular y otorgando un voto de confianza. A las personas hay que creerles. Es un acto de fe y De la Espriella, por Colombia, lo merece. Repito lo que he dicho tantas veces, tras tantas elecciones: si el hoy mandatario electo cumple al menos la mitad de las cosas que ha prometido, el país y la sociedad habrán ganado.

No fue el único que me sorprendió. Me pasó lo mismo, pero a la inversa, con Iván Cepeda, el candidato de la izquierda.

A Cepeda, de quien siempre he pensado que es una buena persona y un senador disciplinado, responsable y riguroso, le faltó grandeza para aceptar el triunfo de De la Espriella en la primera vuelta. A eso se sumó que, en las semanas previas, se dejó enceguecer por las encuestas que lo acercaban a ganar en la primera votación. Agrandado por su posible triunfo, evadió las entrevistas personales, evitó las preguntas incómodas y huyó de los debates, dejando a los colombianos en espera de conocer su programa de campaña, más allá de que hubiera leído discursos aburridos.

Nos quedó debiendo explicaciones sobre su papel en la fracasada “Paz Total” implementada en el gobierno de Gustavo Petro. Evitó decir sus razones para no desmarcarse de Petro y de los graves escándalos de corrupción que rodean al gobierno, que iba a ser del “cambio”, pero que llegó siendo lo mismo… pero peor. Cepeda, que no es un gran orador y a quien le falta histrionismo y grandilocuencia al momento de dirigirse a sus seguidores, no supo leer el momento que vivía y, entre su silencio y los graves errores de Petro, vio naufragar una campaña que pudo llevarlo a la Presidencia.

No tengo dudas de que Iván Cepeda es un político curtido y un hombre inteligente. Pero fue bastante mezquino al asegurar que Abelardo de la Espriella dijo, en su primer discurso tras ser elegido, que lo quería sacar del país. De la Espriella fue muy claro cuando invitó a su contendor a liderar la oposición. Y cuando dijo que hicieran las maletas y se fueran, se refería, claramente, a que se fueran del Palacio de Nariño, lo que es obvio. De la Espriella es el nuevo inquilino. A Cepeda, un congresista que ha dado debates con altura en la plenaria del Senado, no le lucen ese tipo de afirmaciones. Con comentarios de ese nivel deja a un lado la imagen de hombre tranquilo, pausado y conciliador para dar paso al revanchista y mal perdedor.

Es muy temprano para saber cómo será el almuerzo, pero no hay que desconocer, y mucho menos ignorar, las primeras señales. A Gustavo Petro le quedan menos de seis semanas y los ojos fiscalizadores hay que tenerlos puestos, por ahora, sobre el gobierno saliente. Ojalá Abelardo de la Espriella nombre el mejor equipo posible para esta transición y no le metan goles como los que nos han metido a los colombianos en estos últimos cuatro años. Y ojalá, especialmente, Iván Cepeda esté a la altura de las circunstancias para señalar hacia dónde deba hacerlo, incluso si se trata del gobierno de Gustavo Petro. Por mucho que lo haya respaldado, Cepeda no puede seguir siendo alcahueta cómplice con un silencio que le hace tanto daño a él como a la democracia colombiana.

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