Optimista empedernido

Confieso que me sigo escandalizando, aunque me pregunto por qué, si soy periodista hace 30 años. Tres décadas viendo repetirse la misma historia, pero cada vez con mayor intensidad. Frases trilladas, dichas para llenar de miedo. Y lo más increíble es que quienes ofrecen esperanza no llegan a la recta final de las elecciones.
Y aunque sigo creyendo en que somos capaces de construir un mundo mejor, cada cuatro años, me estrello contra una pared que parece indestructible. Y esta vez es más cruda la realidad.
Colombia parece un ciclo de nunca acabar. Es como si estuviéramos destinados a atacarnos, a destruirnos los unos a los otros. A destriparnos, copiando el término usado por el candidato Abelardo de la Espriella cuando se ha referido a la izquierda en Colombia.
A eso rebajamos la discusión ideológica. Se acabaron los argumentos —o quizás no los hubo— y brillaron los insultos, abundaron las agresiones, se multiplicaron los ataques.
De la Espriella no ha dudado en afirmar que Iván Cepeda es “bandido”, “cobarde”, “aliado de narcoterroristas” y hasta “heredero de las Farc”. Insultos en los que abundan el tono populista, el grito que desata pasiones y el puño en alto para demostrar la bravura para dar la pelea. Incluso, en su discurso posterior a la primera vuelta sacó pecho. Fácil hacerlo tras un vidrio blindado.
Iván Cepeda también ha lanzado todo tipo de improperios. En sus palabras no han faltado descalificativos como “abogado de la mafia”, “estafador de estafadores y de narcotraficantes”, “representante del fascismo mafioso” y lo sindica de ser “el regreso al narcotráfico y la corrupción”.
Una escalada verbal que se repite en las calles y ya ha terminado en peleas callejeras con cuchillos y machetes. Se hacen matar por personas que no conocen sus nombres y menos sus tristezas o necesidades.
Hace cuatro años Petro y Uribe se insultaban de lado y lado. Tras el triunfo de Petro vinieron reuniones cordiales y estrechones de mano. Y hoy, otra vez, otra campaña, otro teatro montado para ofrecer espectáculos deprimentes.
¿Hasta cuándo tendremos personajes de este tipo?
Hoy, siento que como sociedad hemos hecho que sea más fácil replicar insultos que mensajes de esperanza. Ningunean al otro antes que enarbolar las banderas de sus programas de gobierno. Porque claro que los hay, y claro que los dos tienen cosas interesantes que valdría la pena analizar e implementar lejos del fragor de las campañas políticas.
¿Hasta cuándo tendremos familias rotas, vecinos enfurecidos y amistades fragmentadas por la polarización política?
No aprendemos de nuestra sangrienta historia. Basta leerla para saber que por décadas nos hemos matado por política. Porque los unos creen tener la razón por encima de los otros y los otros creen que tienen más derechos que los primeros. Y al final, desde cada esquina, todos sienten que sus voces son más fuertes… sus golpes más enérgicos… y sus balas más certeras…
Mientras tanto la corrupción, origen de todos nuestros males, campea entre derecha e izquierda. Todos los gobiernos, y hemos tenido de todo, han robado igual o más que los anteriores.
El problema no son ellos. Somos nosotros que olvidamos la historia y la miseria en la que nos han hundido. Nos vendieron el discurso de que somos el país más feliz del mundo y se aprovecharon de la nobleza y generosidad de los colombianos.
Somos todos. Porque petristas, uribistas, abelardistas, cepeditas y todos estos istas cabemos en Colombia y, puedo jurar, la mañana siguiente del 21 de junio tendremos que madrugar a trabajar porque ni Cepeda ni De la Espriella van a llevar la comida a nuestras mesas. Somos nosotros, con nuestro esfuerzo, con nuestra lucha diaria, con nuestras ilusiones y esperanzas, con nuestro dolor y frustración, los que construimos nuestras vidas.
Paremos ya los insultos.
Cada chiste, cada agresión, cada meme, cada ataque, tiene un doliente que se llena de rabia y publica otro peor. Más ofensivo, más aterrador, más desesperanzador.
En nuestras manos está acabar con la polarización política, porque los candidatos saben muy bien que nuestra rabia les da votos, apoyos, fanáticos. Y todo eso nos ha traído desigualdad y exclusión que desencadenan en protestas sociales que generan abusos policiales. Y ese cóctel nos ha costado cientos de miles de heridos, mutilados y muertos.
De la Espriella o Cepeda lo saben perfectamente, pero están tan absortos en su lucha por conquistar el poder que aumentan los agravios como si en Colombia no hubiera tenido suficiente dolor.
Esta semana me preguntaba un amigo que si yo no entendía que estábamos en “una guerra entre el bien y el mal”. Como si se tratara de una cruzada en la que perseguimos al otro por el simple hecho de pensar diferente. Y no, no lo entiendo así. Lo que encuentro es una sociedad que desdibujó sus valores y enfrenta una encrucijada en la que somos los grandes perdedores.
Hace algunas horas, en España, sin hablar de Colombia, el papa León XIV dijo una frase que nos cae como anillo al dedo y nos recuerda que ese no es el camino: “Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada”.
En lo personal, prefiero quedarme con ese mensaje mientras sigo teniendo claro que a mi alrededor no hay cepedistas o abelardistas, simplemente hay familia y amigos, a quienes quiero, valoro y respeto por encima de lo que piensan.
Sí, soy un optimista empedernido: sueño que entre todos seamos mejores que lo que nos ha tocado.


