Opinión

Rumbo a la oclocracia

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Han pasado 40 días desde que se inició, el 28 de abril, el paro nacional que tiene en jaque al gobierno de Iván Duque y llevó a la sociedad civil a pagar una alta cuota de sangre y dolor en busca de unos cambios que, con mucha seguridad, no llegarán. Entrar a las redes sociales, por estos días, es una verdadera prueba de resistencia sicológica. Facebook perdió su gracia y la que parecía su esencia, ser un punto de encuentro entre amigos que querían compartir sus vidas. Esto desapareció. Eso por no hablar de Twitter cuyos 240 caracteres son más que suficientes para insultar y agredir a quien piense diferente. Incluso hay quienes perdieron hasta el pudor y se volvieron expertos en calumniar e injuriar por el simple hecho de defender sus teorías y a esos personajes, de la política local, que han encumbrado como si fueran una especie de mesías destinados por la divina providencia para salvar a Colombia de su propia y absurda realidad. 

La violencia desatada en las últimas semanas, sin importar quién la ejerza, sea un vándalo, un representante de la ley o «gente de bien, ha sido la excusa perfecta para justificar hechos que francamente son injustificables. Pretender que está bien que un policía le arrebate la vida a un manifestante en defensa de la institucionalidad es un exabrupto, al igual que defender que unos vándalos le prendan fuego a más de 16 CAI, uno de ellos con uniformados en su interior. En este aspecto prefiero quedarme con la tesis indiscutible de Antanas Mockus, quien ha repetido hasta la saciedad que «la vida es sagrada». El campo de batalla, que meses atrás se registraba en esas redes sociales, saltó sin vergüenza alguna a las calles, y las imágenes registradas son dantescas sin que entendamos el daño que nos estamos haciendo, no solo a nosotros mismos sino a las generaciones venideras. El mundo que estamos construyendo por estos días no es el que debería llenarnos de orgullo y la mayoría no lo acepta o no se da cuenta de ello.  

¿Quedará alguna duda de que eso que encontramos a cada instante al ver las redes en tabletas o celulares es el reflejo de la sociedad que somos? 

En un año los colombianos decidiremos una vez más, como lo hacemos cada cuatro, quién será el responsable de guiar los designios del país, sin que se asome, por ahora, una propuesta real que sea capaz de unirnos en un propósito común inalienable: superar la violencia desmedida que nos ha caracterizado por décadas. De seguir por esta senda que estamos recorriendo, lo más seguro es que se haga realidad una frase atribuida al desaparecido Facundo Cabral: «Le tengo miedo a los idiotas, porque son muchos y pueden elegir a un presidente«. Lo increíble es que al sacar la lista podemos encontrar más de 30 interesados en ocupar el puesto de Iván Duque, sin importar que esté tan depreciado y sobre todo tan desprestigiado. La única forma de evitar que nos sigamos hundiendo en este panorama, poco alentador, es con dos pasos fundamentales. El primero, bastante simple, inscribir la cédula para ejercer el sagrado derecho al voto y que no elijan por nosotros. El segundo, un poco más complejo quizás, analizar las propuestas de gobierno de los candidatos e intentar escoger a conciencia y con responsabilidad de país. De lo contrario, por cuenta de todos, nos convertiremos en una oclocracia, término creado por el pensador griego Polibio, 200 años antes de Cristo, y que no es otra cosa que una degeneración de la democracia, en la que el gobernante es escogido por una muchedumbre ignorante y fanática, que nos podría llevar, de ser el caso, al fondo del abismo. Un punto de no retorno.

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