Opinión

Ser Maestro, faro, guía en la crisis existencial

José Aníbal Morales Castro

¡Sois la luz del mundo! ¡Sois pastores que aman a sus ovejas!
 
Bueno, son apenas síntesis muy recortadas del mensaje vital y profundamente pedagógico contenido en dos parábolas del Gran Maestro por antonomasia, Jesús de Nazareth. El maestro entró en la casa, invadió el hogar, fue invitado, a cualquiera de los lugares en los que los estudiantes y sus taitas se concentraron en las faenas remotas (virtuales?) del aprendizaje. Y donde no pudo llegar por medio del ciberespacio, ha llegado por medio de la llamada telefónica, del Whatsapp, de los correos, de los amigos.
 
Los maestros de verdad han buscado a su discípulos hasta hallarlos, ni uno menos, ni una menos, es la consigna. No los quieren dejar atrás, les preocupan y les ocupan sus carencias. En algunos casos han ido más allá del alimento espiritual e intelectual, hasta alimentos materiales les han procurado. No les basta decir que tienen ya un alto porcentaje conectado, no; les hacen falta unas ovejas en el redil, y aprendieron bien la lección del Gran Maestro: el buen pastor da hasta la vida por sus ovejas. Y no olvida, el maestro, que aún en medio de la abundancia pululan las carencias. Hay computador, hay celular, hay conectividad, hay recursos suficientes, entonces hay clases, hay virtualidad, hay control, pero algunos madres y padres concluyen que sobra algo. Sí, sobra pantalla, sobra exposición al conocimiento, a las guías, a la activitis, y falta…vida! Que mejor se vaya todo al carajo, y que pierdan el año, dirán algunos. ¡Las paradojas de la desigualdad!
 
Sí, los maestros van más allá de la exigencia cognitiva. Aunque no hayan leído Amor y pedagogía, de Miguel de Unamuno, saben que el ser del estudiante no se hace con las fórmulas del pensamiento científico o del saber libresco, es necesario el amor, y la pedagogía de él se nutre. Habría que ver el trágico destino del docto Avito Carrascal y de su hijo Apolodoro, y con ello fácilmente concluir que la vida no es solo conocimiento, saber. Aprendido esto, los maestros ven el todo, objetivan la lucha del niño, de la niña o del joven, junto a su familia, por sobrevivir, y sienten que su palabra debe ser ciertamente amorosa, desde una profunda empatía sentida solo por los que, cual si profetas, son capaces de leer, oír y entender el mensaje de los tiempos. El maestro profético no es el que predice el futuro, pero enraizado en el presente, con pensamiento crítico, puede imaginar mejor las estrategias que permitan transformar la realidad en favor de los que hoy se ven oprimidos por ella.
 
El maestro pueblo, el maestro liberador, el pedagogo amoroso, no se pregunta por estos días cuál es la nota o calificación que se merece el aprendiz en tal o cual materia, se pregunta por cuál es su misión profética y cómo puede ayudarlo a descubrirse a sí mismo, a expresarse y a liberarse de las condiciones que lo alienan. En este sentido el maestro es luz, es faro que guía a los extraviados en la intrincada red de incertidumbres, es camino, es vida.
 
A la hora de evaluar, el maestro sabe que no puede medir con la misma vara a aquellos que son esencialmente diferentes, que viven diferentes condiciones sociales, económicas, personales, y nadie podrá acusarlo de practicar por ello la discriminación negativa, es más bien discriminación positiva lo que aplica. Es ahí cuando más sentido tiene la alegoría del buen pastor: las ovejas descarriadas, las difíciles, las lentas, las distorsionadoras, requieren de él una atención muy especial. ¡Ah pero qué difícil es! ¿Por qué gastas tanto tiempo en los retrasados?, le preguntarán con fastidio algunos que se saben en el grupo de los talentosos, de los avanzados. Pero fiel a su misión, no desmayará.
 
El maestro es un escuchador, oye la voz de sus estudiantes y de sus madres y padres, atiende la diversidad de las tonalidades, dialoga con ellas y en esa actitud dialógica encuentra las respuestas a las preguntas que socráticamente ha planteado en búsqueda de la verdad. “No es culpa mía si no tienen dispositivos ni conectividad”, podrán decir algunos. Cierto. Pero, ¿de dónde salió esta desigualdad, que tan de bulto se ha visto ahora? El maestro no descarga en los estudiantes ni en sus familias la responsabilidad por su exclusión. Él no va a contribuir a agravar las circunstancias de injusticia que ya están viviendo, no se va a poner de lado de quienes han generado y sostenido esta situación injusta; se asumirá como un agente de movilización cultural, no como un agente de reproducción cultural (al decir de H. Giroux). ¿Por qué? Porque desde su propia resistencia, es capaz de comprender y asumir la resistencia de sus discípulos y de sus familias, resistencia a la opresión (de todo tipo).
 
Así son los maestros, las maestras, los maestros y las maestras de verdad, luz, faro y guía de este pueblo que se ha visto sometido al encierro forzoso, encierro que evidenció lo que se esconde tras las paredes de los hogares, las abundancias y las carencias, los afectos y los desencuentros, la riqueza y la pobreza, las alegrías y las tristezas, la paz y la violencia. Y allí entraste tú, maestro, para hacer sonar tu palabra de aliento, tu palabra sanadora y tu interacción vivificante.
 
¡Tú eres ese maestro, tú eres esa maestra!
Cali, Mayo 15 de 2020, en la octava semana de cuarenpena

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