Opinión

El pasado nos persigue

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Recorrer algunos rincones turísticos de la Florida, en Estados Unidos, tiene un encanto casi mágico. Es descubrir muchos escenarios que nos recrearon en las películas que veíamos cuando éramos niños. Sin embargo, en esos mismos lugares, casi paradisíacos, podemos, como colombianos, llevarnos una que otra sorpresa desagradable. Valga comenzar con que a la mayoría de los latinos en esta zona en particular les encanta nuestra manera de hablar o nuestro acento, por lo que la primera pregunta que nos puede hacer un desconocido es: ¿usted es colombiano? Con tan mala suerte que al responder afirmativamente llega una sentencia casi demoledora: «usted habla igualito a Pablo Escobar, el de la serie». Y se refieren a ‘Escobar, el patrón del mal’, esta maravillosa serie de Caracol Televisión en la que es recreada, con lujo de detalles, la vida y crímenes del que fuera no solo el capo de capos de Colombia y gran jefe del Cartel de Medellín, sino también en su momento el hombre más buscado del mundo.

Soy de los que piensa que está bien que este tipo de historias sean contadas, para que quienes la vivieron jamás olviden, y para que quienes no las vivieron entiendan la dolorosa y trágica realidad que padecimos en las décadas de los 80 y 90, cuando en el país comenzamos no solo a hablar de narcoterrorismo sino a sufrirlo en carne propia. El temible poderío de estos ‘señores de la guerra’ estaba en pleno apogeo y ellos, con Escobar Gaviria a la cabeza, arrodillaron al Estado a punta de bala, sangre y miedo. Tras la muerte de Escobar, el 2 de diciembre de 1993, los colombianos respiramos aliviados y pensamos que su fantasma desaparecería con el paso del tiempo. Quizás tardaría un poco mientras cicatrizaban las heridas y se apagaba la llama del odio que había avivado a punta de carros bomba y asesinatos. Pero parece que no fue así. Su rostro, que a simple vista parecía bonachón y más bien el de un colombiano común y corriente, nos sigue trayendo pesadillas con solo verlo. Así sea estampado en una camiseta.

Foto Archivo Personal

Esa, es la otra sorpresa que uno puede encontrar en las ciudades de la Florida. La primera vez que la vi, yo caminaba rápido por Miami Beach, muy cerca de la Avenida Collins, una de las más populares y concurridas en esta ciudad, epicentro del turismo en la llamada Ciudad del Sol. Pasé muy rápidamente frente a la vitrina pero dos o tres metros más adelante frené en seco al caer en cuenta de la imagen. Di unos pasos hacia atrás y la tuve frente a mí. Era una camiseta blanca, tipo esqueleto, con una fotografía al frente de Pablo Emilio Escobar Gaviria. Estaba muy sonriente y bajo él su registro judicial el día en fue ingresado a la Cárcel Bella Vista de Medellín bajo el número 128482. No quise ni siquiera preguntar cuánto podría costar, pero me atrevo a asegurar que no vale más de 10 o 15 dólares, algo muy económico frente a los precios que se manejan en esa exclusiva zona. Sentí vergüenza ajena y me pregunté hasta cuándo seguiríamos teniendo la imagen del hombre al que alguna vez la Revista Semana bautizó como el “Robin Hood paisa”. Era el año 1983 y el semanario periodístico publicaba una extensa semblanza de Escobar en la que hablaba de su “controvertida e incalculable fortuna”.

Y es que fue precisamente Miami una de las ciudades por donde Pablo Escobar inundó a Estados Unidos con su droga maldita. A pocos kilómetros de la tienda donde vendían la camiseta con su imagen, quedó alguna vez a llamada Casa Rosada, una residencia que el narcotraficante compró por un poco menos de 800 mil dólares en el año 1980, cuando todavía posaba como un próspero potentado colombiano con ambiciones políticas. La residencia, que muchos años después fue comprada por el empresario Christian de Berdouare en casi 10 millones de dólares, fue demolida por su último propietario para construir allí una moderna mansión, como él mismo ha hecho con varias viejas propiedades en Miami Beach para desarrollar una de las áreas donde tienen su residencia algunos de los personajes más ricos de Miami. Una casa en el sector, hoy en día, puede llegar a costar más de 40 millones de dólares. Una verdadera fortuna. Y allí, en su momento, Escobar fue propietario de una de ellas.

Volviendo a las sorpresas que nos dan las calles de la Florida con ese pasado que se niega a que lo olvidemos, he encontrado camisetas con el rostro del mafioso más popular de la historia colombiana en diversos sitios de interés para los turistas. Las he visto exhibidas en vitrinas de Wynwood, cerca del Distrito de Diseño de Miami; en almacenes en Key West, una pequeña población plagada de turistas a 266 kilómetros de allí. Incluso, al otro lado de Estados Unidos, en una tienda con aire hippie a pocos metros del famoso Muelle de Santa Mónica, en California, descubrí que por unos pocos dólares vendían un cuadro en el que estaba estampada la imagen de Escobar.

Lo que lamento de todo esto, es que hasta el momento jamás me he cruzado en mis viajes de trabajo, con camisetas, cuadros o recuerdos que estimulen la cultura colombiana o realcen la imagen de ilustres personajes o artistas de nuestro país. En lo personal quisiera encontrar una camiseta con la imagen de Gabo, Shakira o Falcao. Incluso, me encantaría que cuando me escucharan hablar me dijeran que mi acento les recuerda la forma en que habla Juanes. Pero no, por ahora eso no es posible, y mientas más personas me dicen que hablo igualito al de la serie, también los invito a que descubran la verdadera Colombia, la del café y las esmeraldas, la del San Pedro y San Juan, la de las murallas de Cartagena, la del Pueblito Paisa, la del Santuario de las Lajas, la del río de los siete colores en La Macarena, la de esplendorosas montañas y majestuosas llanuras, la de una gastronomía sin igual. Jamás me cansaré de decirle a todos los que me quieran oír en el extranjero, que ese es el verdadero país que los enamorará. El mismo que yo extraño cada mañana cuando me despierto.

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