La fábula del Camaleón y el Colibrí

En un valle encantado, bañado por las aguas del Magdalena y mecido por las montañas del alma, vivía un terruño noble y fértil llamado Tolima. Allí, como en todo rincón de esperanza, florecían sueños cada vez que los vientos de campaña agitaban las banderas del cambio.
Un día, apareció un Camaleón de voz seductora, promesas suaves y sonrisa entrenada. No venía solo: junto a él volaba un Colibrí, encantadora y diligente, repartiendo palabras de aliento como si fueran pétalos de jazmín. Ambos recorrían veredas y comunas, prometiendo un jardín de justicia, oportunidades y trabajo para todos los que creyeran en ellos.
Entonces apareció un humilde Sapo de monte, trabajador, testarudo, y sobre todo leal. El Sapo no era rico, pero sí rico en esperanza. Caminó, habló, convenció, saltó por caños y caminos de herradura llevando la bandera del Camaleón y el canto del Colibrí. Lo hizo sin exigir nada, solo con la fe de que cumplirían su palabra.
Pero llegó el día en que los votos se contaron, los discursos se apagaron y los colores se desteñeron. Ya en el trono, el Camaleón cambió su piel y se volvió invisible. El Colibrí, antes dulce y cercana, murmuró al oído del Sapo:
—“Tengo una dificultad grande con recursos. Mil excusas. Es la verdad y no me gusta decirle mentiras a nadie”.
Y el Camaleón, desde su nueva altura, solo alcanzó a decir:
—“Papá, no me he olvidado. He estado muy ocupado, apenas pasé de esto”.
Pasaron 17 lunas. El Sapo, cada vez más solo, sin trabajo, sin apoyo, con su hogar fracturado y su mente cansada, comprendió la verdad que pesa más que cualquier promesa rota:
«Queridos amigos: 17 meses han sido suficientes para confirmar una omisión, una falta, un silencio que pesa más que cualquier excusa. Porque en política, como en la vida, cumplir lo prometido no es un favor; es un deber. Y honrar la palabra, una forma de dignidad.”
El terruño seguía bello, pero sus heridas crecían. Sus jóvenes se iban, sus ancianos se apagaban, sus madres lloraban por hijos que no tenían oportunidades. Todo porque los Camaleones abundaban, y los Sapos seguían creyendo.
Pero esta fábula no termina con tristeza. Porque un día, los Sapos, las Ardillas, los Gavilanes, los peces del río y hasta las mariposas se reunieron. Y juntos dijeron: “Ya basta de colores que cambian. Queremos líderes que no prometan jardines si no van a sembrarlos con nosotros.”
Y así, el terruño llamado Tolima comenzó a despertar. Porque entendió que no se trata de seguir al que más promete, sino al que más cumple. Y que en un mundo de Camaleones, lo valiente es seguir siendo Sapo… pero con los ojos bien abiertos.
Si en algún momento encontraron un parecido con algún dirigente conocido es pura coincidencia.
Moraleja: En tiempos de elecciones, no escuches solo lo que suena bonito. Mira quién vuelve cuando ya no necesita tu voz.




