Opinión

La única batalla cultural debería ser la de cerrar los ojos

Sara Moreno Ruiz

Sara Moreno Ruiz

Columnista Invitada

La única batalla cultural que deberíamos dar es la de establecer que todos los seres humanos nacemos con el derecho y la capacidad de convertirnos en adultos saludables. Esto es: todos los seres humanos estamos equipados, al nacer, con un cerebro que ofrece talentos únicos y valiosos. A cada uno le corresponde luego la tarea de descubrirlos y desarrollarlos para ponerlos al servicio de los demás y de la propia satisfacción personal.

Un ser humano que logra servir con sus talentos a su comunidad y es valorado por ello se sentirá querido y parte legítima de ella. Este es el mejor antídoto contra cualquier vicio y enfermedad: la tristeza, las adicciones, el crimen.

Las barreras para que esto suceda no las pone el humano; las pone la sociedad en la que nace cuando, en lugar de recibirlo con curiosidad en el momento en el que llega a este mundo, lo juzga por sus “atributos”. Físicos, en un principio: sus colores, formas y tamaños; e intelectuales: sus destrezas e intereses para la actividad física, para los números o las letras, el baile, la pintura o la música, a medida que crece y se va desarrollando.

Distinto sería que nada de lo anterior fuera objeto de juicios ni calificaciones, sino que cada bebé humano llegara a llenar su propio registro en la forma de una hoja en blanco. Como le sucede al escritor o al pintor, al frente de su canvas en blanco. Y que quienes aquí estamos le fuéramos pasando las letras y los colores que vaya necesitando para lograrlo.

Esta no será una batalla fácil. Llevamos más de diez mil años, desde la Revolución Agrícola, creyendo que hay distintivos de raza, de posición, de sexo, intelectuales, que nos hacen mejores o peores que los demás. Tenemos estas creencias tan arraigadas que ni siquiera nos damos cuenta de que las tenemos. Quizás nos convendría hacer el ejercicio de apagar la luz, como propone Shel Silverstein en su poema “No Difference”, de 1974. O, por lo menos, cerrar los ojos por un tiempo.

“Pequeños como un cacahuete,

grandes como un gigante,

todos somos del mismo tamaño

cuando apagamos la luz…”

  • Shel Silverstein

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