Opinión

Apología a los genocidas

Andrés Currea H.

Comunicador Social

Tumbar las estatuas, bustos y representaciones de los conquistadores españoles es una respuesta lógica al repudio de quienes cometieron toda serie de violaciones y atrocidades contra nuestros ancestros.

Se les llama fundadores y se les rinde homenajes con honores militares y civiles, pero su “heroísmo” está machado de sangre de inocentes que fueron despojados de sus tierras y tradiciones para incorporar la autoridad de la corona española. Este terrible genocidio dejó como lastre la triste realidad que viven hoy nuestros pueblos indígenas, que aún después de siglos de luchas continúan peleando infructuosamente por la reclamación legítima de sus territorios.

El abandono estatal es evidente en las comunidades indígenas que viven en su mayoría en paupérrimas condiciones, sin garantías, sin servicios públicos y excluidos por su raza y costumbres.  Es tal el repudio social, que, para describir una persona mezquina y mala, se le llama equivocadamente indio. Nos creemos mejores que ellos por el color de piel o por los rasgos físicos, olvidando que son ellos los representantes de nuestros ancestros, son parte de nuestra genética y de nuestra identidad cultural.

La barbarie que cometieron los conquistadores es innombrable, actos brutales que redujeron en un 90% la población indígena de las Américas y que nos sumieron a un yugo de esclavitud que por muchos años nos arrebataron nuestras riquezas materiales y culturales.

Es muy equivocado honrar a quienes destruyeron parcialmente nuestra identidad y nos impusieron un orden social que desajustó nuestra tradición y nos mescló por obligación con tradiciones foráneas que desfiguraron nuestro pensamiento y nos hicieron olvidar nuestro origen indígena.

Así las cosas, no es vandalismo retirar las estatuas de los genocidas, es una reacción normal de un pueblo que a pesar de su pasividad y desconocimiento ha entendido que los bustos y estatuas que deben erigirse son los de los valientes indígenas que lucharon por preservar su raza y costumbres ante la barbarie española que los sacrificó brutalmente para apaciguar la rebeldía por la invasión que acabó con toda la historia indígena de nuestro continente.

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