Opinión

Miedo no, Respeto

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

Ya estamos cerca de completar un año desde que se comenzaron a reportar casos de Covid en Colombia.  La primera persona que oficialmente se registró como fallecida por esta causa fue un conductor de taxi en Cartagena quien había transportado a unos turistas italianos el miércoles 4 de marzo notando a uno de ellos toser más de lo normal.  El viernes siguiente fue al centro médico al sentirse mal y presentar un poco de fiebre por lo que fue devuelto a su casa con acetaminofén ya que no presentaba síntomas diferentes a los de un resfriado común. El viernes siguiente, 13 de marzo, regresó al centro de salud con problemas respiratorios serios que lo llevaron finalmente a perder la batalla contra el virus el lunes siguiente, 16 de marzo.

Entonces se comenzó a hablar de comorbilidades y de que el virus era más letal si se presentaban algunas condiciones como la diabetes, la hipertensión u obesidad y que las personas mayores eran más propensas a complicarse por esta causa.  En este momento aún era posible leer los nombres de los fallecidos diariamente y en los mismos casi nunca se encontraban conocidos por lo que la enfermedad se veía como algo lejano, que tal vez nunca iba a tocar las puertas de nuestras casas.

Vinieron luego las escenas apocalípticas que se repetían en todo el mundo en donde las calles de las principales capitales se veían vacías.  En donde antes el ruido estrepitoso se hacía inaudible, ahora reinaba la paz y la tranquilidad que sin embargo presagiaban un luto universal.

La naturaleza reclamaba lo suyo y en escenas grabadas por todo el mundo, se compartían imágenes de animales en lugares a los que antes no se hubieran atrevido a ir. El trabajo y el estudio se volvieron virtuales y las plataformas digitales se convirtieron en la nueva realidad de cada día.

El crecimiento exponencial de la enfermedad, calculado con una rata mínima de 1:2, en donde un despistado portador de la enfermedad podía llegar a contagiar a dos de sus más cercanos allegados, nos ha llevado a cifras que sobrepasan nuestro entendimiento: más de 95 millones de personas infectadas en el mundo y más de 2 millones de familias que lloran la partida de algún ser querido.

Y es que, aunque la consigna con la que llegamos a este mundo es la de tener que irnos algún día, la forma que adquiere la muerte con este virus es particularmente cruel y desgarradora.  Es una partida fría, aislada, solitaria y dolorosa.  Muchas veces inconsciente, la asfixia es el método escogido para la letal partida.

Por supuesto que produce miedo.  ¿Quién no temería a un asesino que sigiloso llega en la noche a robarnos nuestros sueños, el futuro, la calidez del hogar, la compañía de nuestros seres más queridos? ¿Quién no buscaría evadir la muerte espantosa que narran las noticias y que se cuenta por miles, día tras día?

Y entonces llega el resultado de la prueba y resulta positiva. El virus ha llegado.

Como cuando se enfrenta un peligro vital, el cuerpo y la mente entran en un estado de preparación para la supervivencia que exagera algunos síntomas y, al mismo tiempo, oculta otros, en particular los que permitirían detectar lo que resulta ser lo más peligroso de todo y lo que quizás llevará a la muerte a más de uno, la neumonía silenciosa.

La debilidad causada por la pérdida de líquidos no permite observar con claridad el esfuerzo que está haciendo el organismo para respirar.  El corazón late a mayor velocidad y el tiempo que pasa entre tomar uno y otro aliento se hace cada vez más corto. Pasan los días y el cuerpo está más preocupado por volver a alimentarse que por volver a respirar con tranquilidad.  Esa es su prioridad.

Cuando parece que lo peor ya pasó, que el cuerpo comienza a retener un poco mejor lo que se consume, una radiografía de control o unos exámenes de laboratorios casuales mostrarán que, como un buen ajedrecista, el virus nos llevaba en el tablero alejados del rey mientras, sin darnos cuenta, preparaba el jaque mate.

En diferentes países del mundo se han detectado, algunas veces de manera tardía, que la forma de la neumonía que lleva a los pacientes a las unidades de cuidados intensivos es diferente a la que se conocía antes del Covid.  Los desprevenidos enfermos pueden llegar en condiciones normales a realizarse exámenes por otras causas, encontrando procesos avanzados de esta enfermedad respiratoria sin que siquiera les falte un poco el aliento.  Éste sería el mejor de los casos. Cuando la neumonía se encuentra en etapas insalvables es cuando los enfermos se pueden percatar de que hacía algunos días la debilidad causada por los otros síntomas habían enmascarado los cambios en su respiración, que para este momento puede ser un lujo que no resulta fácil darse.

Ad portas de la llegada de la vacuna los contagios se han disparado, particularmente porque las estadísticas, con el paso del tiempo, corresponden a miles de personas circulando con el virus, las cuales, de acuerdo con los pronósticos de la Organización Mundial de la Salud, harán que el 2021 haya más enfermos por esta causa que en el año anterior. La buena noticia es que cada vez se conoce más acerca de esta nueva enfermedad lo que ha permitido disminuir su tasa de letalidad a sólo 2 de cada 100 personas contagiadas y, aunque sus síntomas nos llevan en muchos casos a querer rendirnos y tirar la toalla también nos muestran lo fuertes que podemos ser cuando decidimos no dejarnos vencer por un virus al que no tememos pero si respetamos.

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