Opinión

#TodosSomosColombia

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Han sido días intensos y cargados de dolor. Las imágenes de Colombia, que llegan al exterior, me llenan de miedo y me hacen pensar qué será lo que, como sociedad, tenemos mal para que no hayamos sido capaces de reinventarnos como país. Los titulares no son muy diferentes a los que se registraban hace año y medio, cuando Dilan Cruz murió por el disparo de un policía en medio de protestas que exigían mejores oportunidades para vivir. Que paradoja, a los 18 años perdió la vida buscando un futuro que su patria le negaba.  

Los hechos tampoco distan mucho de los artículos escritos entre agosto y septiembre de 2013 cuando se hizo popular la famosa frase «El tal paro agrario no existe», pronunciada por el presidente de entonces Juan Manuel Santos. Aquel paro inexistente dejó, según la Mesa Nacional Agropecuaria, 12 muertos y 485 heridos.  

Aunque suene increíble, los periodistas no nos acostumbramos a contar estos hechos repudiables, nos siguen incomodando. Por fortuna, los reporteros no hemos perdido la capacidad de asombro ante hechos que impactan nuestros sentimientos y nuestra humanidad.  

El reto es seguir hacia delante y no permitir que estos conflictos sociales, que han sido cíclicos y que mantienen a Colombia en una espiral de violencia que se niega a desaparecer, nos deshumanicen hasta el punto en que dejemos de contar historias y simplemente registremos estadísticas. 

Nicolás Guerrero, Santiago Murillo, Marcelo Agredo, son apenas tres de las más de 30 personas que en los últimos días han muerto, según denuncias, bajo las balas de policías que rechazaron su obligación constitucional de proteger las vidas de cada colombiano. Duelen, como también duele el asesinato de Jesús Alberto Solano, capitán de la Policía, apuñalado por criminales sobre quienes debe caer todo el peso de la ley. 

Contrario a lo que hace un tiempo afirmó el expresidente Álvaro Uribe Vélez, me niego a pensar que en Colombia hay muertos buenos, así hayan sido malos. No, cada persona que muere en nuestro país tiene unos padres, unos hermanos, una pareja o unos hijos que lo lloran. Cada vida que se pierde en medio de estos hechos violentos debe recordarnos que no hemos tenido un Estado que sea capaz de responder por la inoperancia y la corrupción históricas; pero, también debe recordarnos que los ciudadanos no hemos estado a la altura de las circunstancias, no hemos aprendido de nuestra propia historia y la seguimos repitiendo.  

Llevamos años enfrascados en lo mismo, clonándonos, sin darnos cuenta de que el discurso guerrerista con el que justificamos cada acto de barbarie nos hunde más en nuestra propia miseria. No creo en los estigmas ni en las generalizaciones. Me niego a aceptar que todos los manifestantes o todos los policías son malos. Prefiero creer que unos pocos, de lado y lado, destruyen con su accionar delictivo la buena imagen y el propósito de la misión que tienen. 

Ya es hora de acabar con los señalamientos que nos hacemos los unos a los otros. No es a través de los ataques desde redes sociales como vamos a lograr un verdadero cambio en nuestro país. Es entendiendo que si analizamos a fondo a los políticos y las propuestas que presentan para acceder a cargos de elección popular, desde el más humilde concejal hasta el presidente de la República, podremos tomar la mejor decisión.  

Muertos y heridos, en medio de huelgas y protestas, venimos llorando desde mucho antes de la masacre de las bananeras en 1928, cuando cientos murieron, sin que se haya registrado un cambio radical en nuestra forma de protestar o en la manera del Estado para controlar. Ya es hora de que, con un solo y pacífico grito, los habitantes de esa maravillosa esquina suramericana le hagamos sentir al mundo que #TodosSomosColombia. 

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